Dos ensayos poéticos


Los poetas Santiago Sylvester y Leonardo Martínez reflexionan, desde el oficio, sobre las posibilidades del género.


El Peso de los Días

Por Santiago Sylvester

Por qué se sigue escribiendo poesía cuando todo desconvoca a hacerlo, es una pregunta que no tiene una respuesta fácil. La poesía no está de moda, no da éxito ni se puede ir con ella al mercado; y el prestigio que arrima tiene una entidad tan abstracta que es difícil ubicarlo en el código social vigente. Supongo que esta obstinación tiene que ver con la simple tozudez, o con la resistencia o, incluso, con una respuesta política al “deber ser” avasallante que propone la sociedad del consumo y el atesoramiento. Escribir poesía tal vez suponga, hoy por hoy, decir no donde todo propende a decir sí, apuntarse a algún tipo de disidencia, de acuerdo con el orgulloso aforismo de Guillermo Boido:

la poesía no se vende
porque
la poesía no se vende.

Alguna vez alguien se ha tomado el trabajo de clasificar las razones de por qué se escribe poesía, y ha logrado una larga (y más bien obvia) lista de las pasiones humanas: razones religiosas, amorosas, políticas, celebratorias, heroicas, psicológicas, históricas, luctuosas y, en fin, la vasta posibilidad de esos movimientos anímicos que terminan convirtiéndose en palabras.

De todas las razones posibles, hay dos que me gusta encontrar en un poema: a) que subyazga una cierta incomodidad; es decir, que el poeta se ponga frente al papel para calmar alguna angustia (o lo contrario: para volverla incontenible y darle de este modo juego creativo); y b) que suponga un placer por las palabras: usarlas, revisarlas, hurguetearlas y sacarles todo el jugo, ya fuera de la pasividad del diccionario; es decir, que se note la carga afectiva del poeta al ordenar el caos, o al desordenarlo más aún, pero a favor, con la vieja herramienta del lenguaje. Sin la primera de las razones, el poema suele carecer de necesidad; y sin la segunda, el poeta está sencillamente perdiendo el tiempo en este oficio.




Chesterton dijo, al parecer, que el lenguaje es una creación de cazadores y guerreros. Esta cita no la he sacado, en realidad, de Chesterton, sino de una charla con Rodolfo Rabanal, así que cualquier error tendría que atribuirlo a la dispersión de un paseo matutino bajo el sol de Madrid con este amigo. No sé, por lo tanto, si la cita es exacta, pero la idea tiene fuerza. Significa metafóricamente que el lenguaje (y yo diría que prioritariamente el poético) es producto de gente inquieta que sale a buscar su presa, gente que, a salto de mata, vive al asecho en una vida a la intemperie. Esto es reflejo de la incomodidad que reclamo para el poema, tal vez porque (y aquí confieso que la auto cita es un viejo vicio de los poetas) sólo se suelta de la tabla quien debe buscar el pedazo que le falta. Incomodidad de cualquier signo, incluso tranquila, acogedora y con gran confianza en el porvenir, pero que esté.

En cuanto al amor por las palabras, resulta de tal evidencia que casi no valdría la pena agregar más. Bastaría con repetir la opinión de Huidobro, para quien decir que un escritor maneja bien las palabras es como asombrarse de que un aviador sepa mantener el avión en el aire. Lo que ocurre, sin embargo, y con demasiada frecuencia, es que ese amor por las palabras no resulta tan visible: como prueba se podría mostrar una docena de botones. Y a mí me gusta que, aún en el desaliño más estudiado, aún en la torpeza concebida como método, se note la relación emocional entre el poeta y su herramienta. Puedo entender (y lo entiendo íntimamente) que un poema no sea perfecto porque el poeta no ha conseguido la perfección, porque se ha quedado sin pólvora o porque no lo ha ayudado la suerte; pero nunca por abandono o por abulia: en este caso habría que incluirlo en el código penal como al aviador incompetente.



 

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