Dos ensayos poéticos


Los poetas Santiago Sylvester y Leonardo Martínez reflexionan, desde el oficio, sobre las posibilidades del género.


El hombre, la escritura y el tiempo

Por Leonardo Martínez

Como hombre de provincia, que nació en provincia y creció hasta edad madura entre Catamarca y Tucumán, me atrevo a asegurar que mi centro espiritual y mi memoria afectiva me remiten, en cada acto de mi vida, al soporte fundacional de un núcleo social y de una región natural.
Tengo viviendo en mí un país, el de la infancia y primera adolescencia, ubicado en un solo sitio: Catamarca. No puedo renegar de él, puesto que semejante acto sería rechazar el vínculo con algo misterioso como el sabor a esa primera leche que me propició un lugar de comienzo en el mundo. Herencia amada y carnal, enriquecida a veces, empobrecida otras a lo largo de mis años.
No sentí jamás una confrontación con Bs. As. La Capital Federal, así me lo enseñaron en mi casa, fue también mi país. Amé, amo Buenos Aires como ciudad abierta, generosa y plena de referentes culturales. Así como reconozco a Cusco como la capital de mi linaje y tierra de origen. Y no de origen fantasioso, sino de sangre y lengua. De sangre quechua y española, de habla quechua y castellana.
Al leer a Ricardo Palma y a escritores más cercanos en el tiempo como el peruano José María Arguedas, o el ecuatoriano Jorge Icaza, encuentro que persisten en nosotros, usos y costumbres, matices de la lengua, compartidos. Y no sólo como residuos de la dominación española…
Hoy de viejo, miro reverencial al Alto Perú y el Perú, como raíces del árbol familiar del noroeste. En mis ensoñaciones, Cusco permanece como ombligo, centro de mi mundo. Rescato la fuerza del “ayllu”, de los “apu”, de la Madre Tierra.
Rescato la permanencia de un fabulario bullente en la lengua provinciana, de vertientes múltiples, donde relumbran el siglo de oro español y los aportes de las hablas originarias.

Esta introducción pretende situarme en el lugar desde el cual escribo, sin apostar a ningún regionalismo peyorativo. Salvo al “soul and freedom”, fundamento de toda creación, como aseguraba en días pasados un músico de jazz. Pero, de acuerdo a la sabia afirmación de Jean Cocteau que tanto gustaba recordar Juan José Hernández, y que cito de memoria: todo poeta canta mejor, cuando lo hace subido a la más alta rama de su árbol genealógico.




Una obra de arte es un asunto entre el autor y el lector, entre el autor y el que mira o escucha. La creación es completada a través del otro, más bien recreada a través del otro.
Los lectores varían entre sí, los espectadores varían. Y la obra de arte varía imperceptiblemente, de acuerdo al sujeto que la contemple o se meta en ella.
Cada obra posee sus cimientos y andamiajes propios y las circunstancias -si bien las modifican- no afectan a la obra en sí. Responden al sujeto histórico, versátil e inestable que muda o cambia según la marcha del mundo.
Pareciera existir una sustancia indestructible en las creaciones que perduraron, como si eludieran los milenios, los siglos, las décadas.
Pero nuestra lectura de Horacio o de Virgilio, no es la misma lectura de un romano del siglo II o la del Dante o Voltaire. No puedo decir que la lectura actual de Horacio esté enriquecida o diezmada. La actualización añadiría complementos históricos y emocionales que ni enaltecen o degradan la apreciación, sólo la cargan de otros contenidos y las privan de muchos, religiosos, míticos, eróticos, semánticos, etc.
No voy a especular sobre esa sustancia indestructible que sostiene la permanencia de un poema hindú, griego, quichua o romano. No voy a teorizar en que consisten esos cimientos y andamiajes. No hago filosofía del arte ni metafísica.
Voy a referirme a ese factor abstracto que llamamos tiempo, que aproxima y hermana música, poesía, teatro, danza, cine, y que se nos muestra como tiempo congelado en las artes plásticas y arquitectura.
Sentimos al tiempo por la huella que imprime en nuestro cuerpo, sentimos el paso del tiempo en la propia carnadura. La huella que nos deja y su proyección es lo que llamamos tiempo. Pero entonces, me digo, el tiempo no es la huella.
La huella somos nosotros inmersos en el transcurrir de cambios y mutaciones. Sentimos al tiempo en el sesgo del acaecer y ese acaecer es un acaecer dentro de la escala biológica, que se manifiesta en continuo génesis.

Lo genético es tiempo encarnado. También historia particular, individual, pero inextricablemente ligada a un devenir que nos emparienta con el otro, con los otros que fueron y en los otros que son.

“Hondo es el pozo del pasado”, dice Thomas Mann, y continúa “¿No sería mejor decir insondable…? Mientras más profundamente se escudriña, más se hunde uno a tientas en el mundo subterráneo del pasado y más indescifrables se revelan los orígenes del hombre… cada vez más allá, en el infinito de la edades.”

Red incógnita que nos remite de las simas del ayer remoto a un futuro que azora por lo impredecible, pero al que auscultamos al ser capaces de escrutar el recóndito mar primordial.

 


 

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