Entrevista al pintor Ariel Mlynarzewicz


(Por Charo Pinedo)



Poesía y artes plásticas

En el estudio, entre lienzos y bastidores sobre los que se mueve, hay cientos de pomos de óleo vacíos que forman una montaña inútil, algunos se desparraman creando manchas que se expanden, una tabla de planchar que oficia de paleta, enormes frascos de pinceles, trapos, dibujos desechados. Va y viene en sus ropas de trabajo cubiertas de pigmentos. Y así, en su lugar, Ariel Mlynarzewicz confiesa que es el sitio donde siempre ansió estar: “Desde chico me fascinó el olor a trementina, el misterio de los talleres, donde no impera tiempo ni situación geográfica”.
Hijo, amigo, padre, hombre y amante. Todo se manifiesta en sus cuadros. Y cada elemento conforma una totalidad: el rol de existir. Sus pinturas miran descaradamente al hombre. En ellas, el orden humano se halla siempre a la vista; el resultado: soledad, dolor, agobio, abandono. Pero al mismo tiempo, hay alegría, pasión y amor.
Su obra es intimista, no teme mostrarse con su mujer y sus hijos en una comunión de sus cuerpos, aunque haya quedado envuelto en la abundancia de lo público. “No concibo ningún problema en exteriorizar lo que soy, ni en mis opiniones ni con mis producciones. La gente reacciona de muchas maneras, en el mejor de los casos ocurre una identificación y salen de la sala para narrarme sus historias, pero otras veces veo sus caras de molestia”, detalla.
Este artista de dilatada trayectoria cuenta en su haber con más de 30 exposiciones individuales en nuestro país y en el exterior. El universo familiar resulta su temática protagonista, casi excluyente, y las cosas que suceden de modo imperceptible dentro de la vorágine diaria, su imperio. Y lo revela a través de líneas quebradas, exuberantes empastes y gran vigor cromático.

En sus pinturas se observan colores intensos, ¿tiene esta elección que ver con lo que ve en la vida cotidiana?
Una de las razones por las que elegí ser pintor es porque me gusta el color. Algunos prefieren una paleta restringida; en otros, el color estalla. Yo fluctúo de acuerdo al momento, pero en general utilizo tintes vibrantes, que transmiten mucha vivacidad. Una vez escuché que Silvio Rodríguez le dedicaba un disco a su papá porque le había enseñado que la vida es hermosa y en colores; me encantó esa frase y coincido. Así y todo, algunos cuadros son angustiantes porque me pasan cosas diferentes, amores, sufrimientos, muertes, de acuerdo a las sensaciones que me provoque esa motivación me enfrento a las tonalidades de una manera u otra. No resulta lo mismo una maternidad, un abrazo o un desnudo de una mujer deseada, que la muerte de mi padre. Seguir


¿Piensa que el arte tiene la obligación de generar cosas bellas?
En general, cuando algo conmueve, por más que cuente con una carga angustiante y que busque producir ese tipo de sensibilidad en el espectador, percibe una cuota de belleza. Por ejemplo sucede con “Los fusilamientos” de Goya o con la obra de Francis Bacon. No existe una contradicción entre el arte que denuncia con aquel que puede ser considerado un objeto hermoso. También sucede con el teatro, la literatura y todas las disciplinas artísticas. Concibo mi obra desde las emociones, desde la vida y la muerte, por ello pretendo que el público sienta una identificación.

El tema de su obra es principalmente la familia. En este caso, la suya, pero común a todos.
Retrato lo que me pasa a mí, que también le ocurre a la mayoría de la gente. Casi todos tenemos una familia que a veces disfrutamos y otras tantas padecemos, nos enamoramos de personas imposibles, perdemos a un ser querido. Uno pertenece a lo que conoce. Justamente, no puedo ilustrar cosas que les sucede a otros, por más que quede bien. No pinto la pobreza ni la gente que sufre por motivos sociales o económicos porque me parece paradójico y jodido. ¿Desde qué lugar lo haría?

Sin embargo, el trabajo de Goya corrobora y conmueve porque resulta verosímil…
Me pasa a mí, no es excluyente, por ahí en otro momento de mi vida lo necesito. Pero en este tipo de obras se suele notar más lo tendencioso. Desde hace 50 años a esta parte mucho de lo que se produce en nombre de todo esto se siente impuesto, hay como una impostación y muy poca transmisión. En muchos casos, se trata de una especulación. He visto en las colecciones de gente muy rica cuadros con perfil social porque queda bien. Quizá por eso me cueste abordar esos temas, porque me lo cuestiono. Seguir Seguir

 


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En cuanto al impulso creativo, ¿llega solo o usted va a su encuentro?
Me parece que el proceso está muy ligado a la digestión. Al alimento se lo lleva la boca, se lo mastica, pasa por los jugos gástricos, hasta que llega al estómago y ahí se lo termina de asimilar y de separar, luego se evacua lo que no puede quedar adentro, lo que es inevitable que no salga, sino te enfermás. Yo evacuo mi parte trágica. Cada tema que pasa al óleo se me impone.

Sus cuadros son intimistas, hablan de la soledad, las pérdidas. ¿Qué pasa cuando el artista pone el cuerpo, expone su dolor, y su obra comienza a ser mirada por los demás?
En la última muestra (que se hizo en febrero en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta) hubo varios autorretratos desnudos, pensaba que mi hija, que va a cumplir 17 años, podía experimentar alguna incomodidad, pero, aunque tal vez no invitó a todas sus amigas a la exposición, en ningún momento se sintió avergonzada. Mi hijo me cargaba y me decía que iba a tener problemas psicológicos después de esa presentación. No es una imposición, yo necesité hacer esa serie de desnudos. Por ejemplo la que se titula “Me estoy quedando seco” tiene que ver con llegar a la mitad de la vida y precisé pintarme secándome en el baño.

En este contexto, su hijo aparece tomando agua o jugando con su perro, y su hija leyendo o haciendo la vertical, como protagonistas de historias mínimas que se repiten una y otra vez. ¿Qué dicen sus familiares cuando se ven en sus cuadros?
No eligen que los pinte pero a veces presionan porque por ejemplo mis hijos compiten si retraté más veces a uno que a otro. En realidad ahora me ocupo más que nada de ellos. Mis padres eran “leit motiv” en mi adolescencia, pero mi padre se me impuso de nuevo con la enfermedad porque fue muy vivido ese momento. Cuando le diagnosticaron cáncer terminal, viajábamos los fines de semana con mis hermanos a Mar del Plata para estar con él, despedirlo, ponerle la morfina. Fue como inevitable.
Estaba atravesado por esa situación. Seguir Seguir

¿Le da una importancia especial a haber expuesto en las salas más importantes del país como son el Museo Nacional de Bellas Artes y la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta?
Son como confirmaciones de que todo el esfuerzo que uno hace vocacional posee una retribución, cualquier ser humano necesita sentirse reconocido, que lo quieran. No lo voy a negar. Me da fuerzas para seguir, porque no resulta fácil en un país como Argentina dedicarse al arte. Están las personalidades ya establecidas, que llevan mucho tiempo trabajando, los emergentes y el tema del mercado y de cómo las galerías y críticos de arte, que trabajan para esas galerías, hacen que algunos artistas emerjan de una manera muy especial, con calidad o sin ella. Son diferentes situaciones a analizar.

¿Le importa la opinión de los críticos?
Pinto para mí, por una necesidad vital, porque no lo puedo evitar. No me interesa lo que dice nadie, pero por supuesto que si alguien enaltece mi trabajo me alegra y si hay mala energía me afecta. Por eso trato de no prestar tanta atención. Mismo a colegas que considero que saben mucho, porque muchas veces la opinión tiene más que ver con su postura estética o con su propia manera de ver la vida que con la de uno. La serie de autorretratos “Yo me corto solo” encierra, a través del doble sentido porque me estoy afeitando, esta idea de ir un poco al margen de las modas y los dichos, puede verse como una toma de posición subrayada.

Sus obras delatan que ignora las corrientes y los cánones establecidos. ¿Le parece que en el arte actual todo vale?
Pinto de espaldas a las cosas impuestas, creo que soy un pintor de vanguardias porque justamente no sigo las reglas del mercado que son con las que trabaja la supuesta vanguardia de hoy, promovida por los críticos y galerías. Evolución significa estar en contra de la corriente, hacer lo que no hacen todos. Hoy en día el oficio está dado por elaborar las cosas con las propias manos y no con computadoras. Parece paradójico. Cualquiera consigue efectuar algo bonito, raro o novedoso con una computadora, el tema es hacer algo desde las vísceras, desde adentro, y con las propias manos, la herramienta primaria, en un momento donde casi nadie las usa. Seguir Seguir

Leonardo Da Vinci sostuvo acerca de la poesía y la pintura: “La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega”. ¿Encuentra alguna relación entre estos dos lenguajes?
Creo que cualquier obra de arte e incluso cualquier cosa de la naturaleza, una mujer, una comida, si tiene alguna relevancia, algo especial, que conmueve, puede decirse poético. Pero con la poesía propiamente dicha tengo una relación muy estrecha. Frecuento amigos poetas, leo poesía, he hecho cuadros dedicados a poetas. Guardo una relación especial con Paulina Vinderman, que me ha dedicado poemas, ha escrito sobre cuadros míos, me ha preparado textos para alguna exposición y disfruto mucho de sus libros. Pienso que existe un vínculo muy estrecho, lo visible está siempre presente. Además, uno busca en la poesía respuesta a algunas cosas que le pasan y esto se relaciona con la parte de evacuación emocional.

Entre las frases escritas en las paredes del taller se distingue una de Alejandra Pizarnik que dice: “Ya no soy más que un adentro”.
La anoté hace algunos años cuando empecé a cerrar mi estudio tipo búnker. Eso desde el lado geográfico. Pero también se relaciona con que se me fue imponiendo un modo de pintar que provenía únicamente de sensaciones y pulsiones que venían de adentro, no había otra manera de abordar la pintura que no fuera esa. Y creo que esa frase define muy bien eso que me está pasando desde ese entonces.

Con motivo de los 80 años del Teatro Regio está confeccionando un mural en su cúpula. ¿En qué consiste el trabajo?
Estuve seis meses viendo qué hacía a nivel formal, me interesaba hacer algo con color para contrastar con la arquitectura colonial pero, además, me cuestionaba qué transmitir. Finalmente me pregunté cómo me gustaría sentirme mientras espero entrar a un teatro y decidí que debe haber alegría, quiero que la gente se sienta cómoda y lo disfrute. Entonces escogí colores que producen ese tipo de sensaciones. A nivel anecdótico decidí retratar personas saludando, con las manos y con los pies, porque como el espectador lo mira desde abajo me resultó interesante trabajar con algunos escorzos o perspectivas y que vea que los pies se le vienen encima, jugando un poco con esa sensación de acogida.
Me va a llevar unos meses más, pero me siento muy estimulado. Es el proyecto de mayor envergadura que hice en mi vida, una cúpula de 15 metros de diámetro, y se convirtió en un desafío personal. Seguir Seguir

Como discípulo de Carlos Alonso y aprendiz de Rembrendt, Jacopo Robusti Tintoretto, Spilimbergo, Fernando Botero. ¿Qué queda hoy de esos referentes?
Hace unos días hablé por teléfono con Alonso y me preguntó quién me ayudaba en el trabajo de la cúpula, y le dije que él, porque a veces consulto en mi cabeza qué me diría acerca de lo que estoy haciendo. Es lo que pasa con los padres, aunque estén muertos, pero uno piensa cómo resolverían determinada situación o qué consejos nos brindarían. Sigo manteniendo diálogos con mis referentes, aunque algunos no estén o estén lejos; fantasmas como los de Rembrandt y Spilimbergo tocan timbre en mi taller. Eso es inevitable, hermoso, y ocurre.

Hace unos años, en una nota que le hicieron acerca de su participación en el programa infantil Changui, que transmitía Canal 7, dijo que “todos podemos pintar”. ¿Cree que todos podemos ser artistas?
Creo que sí, si se hace desde las entrañas, con amor; el oficio, como cualquier otro, lo puede aprender cualquiera, algunos van a tener mayores aptitudes y otros mayores dificultades. La única condición es sentirse seguro de que tiene que ver con uno mismo. José Saramago en su libro “Manual de caligrafía y pintura” narra la vida de un pintor que había hecho retratos sin demasiado interés, una cosa medio mecánica, y en la madurez se empieza a cuestionar qué hizo hasta ese momento y decide hacer un cambio radical. John Berger también habla de ese tema en el libro “Un pintor de hoy”, narra la vida de un pintor maduro que está bastante parado y decide hacer un cuadro que modifique sus maneras. Es decir, cualquiera está a tiempo de transformar cualquier cosa en su vida, el tema es animarse. No me gusta el término “artista”, mi tarjeta me define como pintor de cuadros. Por un lado creo que es un oficio más y por otro me parece que está bastardeada la palabra porque se encuadra en ella a cualquier personaje, por ejemplo alguno de la televisión. Prefiero ser un modesto pintor de cuadros con aspiraciones de poeta.

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Cielo íntimo, 2006. Tinta sobre tela. 190 x 200 cm. © Ariel Mlynarzewicz
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