Toronto: una crónica


(por Fabiola Rinaudo)



Una babilonia. Donde todos se encuentran. Los iguales y los diferentes. Los puritanos y los invertidos. Blancos, rojos, negros y amarillos (y a partir de allí los colores secundarios). Así es Toronto. Intensa, solapada. Tan fría como la enamorada de Góngora, como las noches abisales de Rimbaud.

Yo la viví en todas sus vidas, hablé en todas sus lenguas y en mí todos los dioses se representaron.

Me he perdido en los acordes del jazz callejero y del Calipso que le dan calor a las tardecitas del verano y se apagan a las once en punto de la noche. Para buscar a los duendes he ido a las tabernas griegas donde el whisky de centeno baja por la garganta con el trémolo de las cuerdas de un buzuki.



Durante el largo invierno, en cambio, perseguí mis huellas en la nieve, al lado de las ardillas, para reconocerme parte del paisaje, de la quieta belleza del lago Ontario, donde los cisnes blancos hacen más blancas las olas heladas y los ánades reales y gaviotas se quedan inmóviles para no perturbar la caída del sol que preña el lago.

Como una mujer gorda, Toronto se despereza, opulenta y tranquila, hospitalaria y esquiva. Te mira indiferente y de vez en cuando te besa en la boca.

(Fabiola Rinaudo es abogada. Escribió ensayos y artículos sobre diversos temas, especialmente vinculados a las cuestiones de género. Nacida en Salta, se trasladó a Buenos Aires donde vivió más de diez años. Actualmente vive en Toronto, Canadá)


 

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